RESEÑA DE LA TERRAZA FIGUEROA (1940-1964)
Este es un ensayo histórico y tiene por fin el recrear el momento histórico fugaz; tiene como efecto inmediato poner la nostalgia a flor de piel. Este “video tape” que intentamos pasar incluye inevitablemente unos momentos y unas actuaciones que muchos hoy quisieran ocultar, o simplemente olvidar. El espejo de la historia cobra ese precio. Este trabajo no se hubiera realizado sin la colaboración invalorable y la magnifica memoria de varios amigos lajeños. Anticipo que muchos dirán, “pero no menciono esto…”. Quizás eso es parte de esta historia, la hilera de puntos suspensivos que dejamos para los memoriosos. Esperamos que el tema abra la cuestión al diálogo. En cada momento nos preguntamos si es cierto aquello de que, “todo tiempo pasado fue mejor” o es simplemente nuestro parecer.
La Terraza Figueroa abrió sus puertas en el año 1940 y estuvo funcionando hasta el mayo de 1964. Fue, posiblemente, el centro social de la costa suroeste más simpático, serio, frecuentado y respetado. Tiene como antecesor en lo histórico a la Terraza Pabón (en Boquerón) y el Salón Rosaly en La Parguera. Toda esta gente del área suroeste, amantes de la música suave, acudía los fines de semana a bailar y entretenerse. Pero la Terraza Figueroa fue única en su clase. Administrada por su dueño, don Enrique Figueroa, estableció un historial de buena convivencia social, única en los anales de vida del pueblo de Lajas y de esta zona suroeste.
Don Enrique Figueroa, persona afable, fue figura cimera en la vida de Lajas; comerciante, Juez de Paz, Caballero de Colón, líder social y un hombre de fino humorismo. Atendía personalmente todos los detalles de la administración de la terraza, desde quienes eran admitidos al lugar y los mil y un detalles del servicio. Era un celoso juez del comportamiento de las personas que concurrían la terraza. No permitía hablar en voz alta, ni bailar bien pegado, ni ningún otro comportamiento que pudiera perjudicar la serenidad del lugar.
A la Terraza Figueroa se subía por una escalera que había dentro del establecimiento en la parte de abajo conocida como “La Cosmopolita” que don Enrique atendía también con la ayuda de sus empleados Blanco Riveiro y Baldín. Al llegar arriba, de frente a la escalera, había un espejo grande y de espaldas había un pequeño reservado con cabida para tres o cuatro personas. A la derecha, al fondo, la barra y allí mismo el salón con sus mesas para el servicio y la famosa “Rock-Kola”. Hacia el costado de la iglesia estaba el salón de baile. Las muchachas se sentaban alrededor del salón y los caballeros teñían que cruzar el mismo para ir a sacarlas a bailar. Una vez terminaba la pieza, el caballero procedía a tomarla del brazo y la acompañaba nuevamente hasta su asiento. En algunas ocasiones, si la joven no se sentía con deseos de bailar, el caballero iba y sacaba otra pareja o simplemente regresaba a su mesa o barra. Nunca se permitió bailar en camisa. Para la década del ‘40 y principios del ‘50, don Enrique tenía un gabán blanco colgado de un gancho para que lo usara todo aquel que no tenía gabán y estaba pendiente de que una vez terminada la pieza, el mismo volviera a su lugar. Para el 1954 y en adelante, se permitía usar “guayabera”.
Un servicio en la mesa valía $1.25 y constaba de una caneca de ron, cuatro coca colas, hielo, dos mitades de limón y no tenías que dejar propina. Son muchas las anécdotas que surgieron en la vida de esta terraza. Una vez un muchacho de la Poly subió en zapatos tenis y don Enrique le dijo que se había equivocado de lugar, que las competencias de pista y campo eran al día siguiente en Boquerón. Cuando una pareja estaba bailando bien pegada, don Enrique se aproximaba y les decía: “Despéguense un poco para que el mozo pueda pasar a servir”.
Como dijimos antes, don Enrique era un alma noble, con un agudo sentido comercial y muy típico con su auto Ford del 1930.
Cuando faltaban cinco minutos para las doce de la medianoche, se paraba al lado de la Rock-Ola y en voz alta decía: “Último disco”. Tan pronto terminaba la pieza, procedía a cubrirla con un manto floreado. Todos iban saliendo poco a poco y nunca nadie se atrevió a pedir la “ñapa”.
Termino citando un párrafo que escribiera “Percha” en su último libro: “Somos y pertenecemos al Lajas que nunca muere." "Somos el ayer y somos lo moderno."
Lajas es una ciudad perfumada por las caricias de Dios
Esto es así porque estamos amarrados a un pasado glorioso, actuamos con dignidad en el presente y marchamos hacia el nuevo siglo con un futuro pleno de bienandanzas y caridad. Lajas será siempre Lajas; la única, la gran piña eterna. Que el Gran Lajeño (nuestro Señor), los bendiga desde el gran valle del amor y la esperanza cuando tenga tiempo, y El siempre saca tiempo para los suyos.”
Por Alfredo (Freddy) Pagán Pagán